La Huida


La noche en la que decidí abandonarlo todo era fría y lluviosa, era la noche perfecta para echar a correr y no mirar atrás.

Al abrir la puerta de la cabaña en la que nos encontrabamos y que habiamos alquilado todavía no sé muy bien con que fin... un fuerte viento de costado golpeó en mi cara colándose descarado por el cuello de mi camisa, envolviendo todo mi cuerpo en un inquietante escalofrío.

Levanté la solapa de mi chaqueta y exhalé un último suspiro entre el arrepentimiento y la indecisión. Recuerdo que pensaba en no darme mas oportunidades, en no dártelas a ti al fin y al cabo, igualmente me preguntaba si acaso las merecíamos... En todo este tiempo no habia encontrado clemencia alguna, ni un minimo gesto a la esperanza, ni una vaga pero esperanzadora luz al final del camino...

Como cada tarde, te esperaba en el sofá de casa, oía tus pasos por las escaleras, el sonido de las llaves en la mano, abrías la puerta y me besabas al entrar en el salón, ese era el momento que más cerca estabamos el uno del otro día tras día... El resto de las horas eran una continúa pereza y ya ni siquiera nos culpabamos por ello.

Comprendí que poco quedaba ya de esa niña alegre y desenfadada,  inocente, tierna, ilusa, sentimental...

Yo recuerdo con cariño esa sonrisa despreocupada, los saltos de alegría cuando me encontrabas frente a tu portal, una carrera nerviosa que te impulsaba a mi, y contenta me tocabas el pelo, me besabas...  Me emociona ahora acordarme de tu cara fija en mi rostro sujetando con ambas manos mi cabeza donde tus ojos iban y venían de mi boca a mi pelo repasando toda mi cara y ansiosa esperabas respuesta a tus primeros comentarios que lanzabas alegre y desvergonzada... ¿Verdad mi amor? era una de tus muletillas...  y ahí te quedabas como de piedra esperando mis respuestas.

Recuerdo como al montarte en la moto te abrazabas con fuerza y apretabas tus mejillas contra mi espalda. Yo sin decírtelo te observaba por el espejo retrovisor donde asomabas tus ojitos por encima de mi hombro dibujando una graciosa caricatura al hacerlos abrir y cerrar a tu antojo. Es verdad cuando digo que eras graciosa, me reía tanto contigo... y ahora casi es un compromiso pensarlo.  En aquel entonces daba la sensación que habías estado esperando todo el día ese momento,  por fin un enorme consuelo al que te agarrabas y acudías decidida, ¿Me quieres? te preguntaba entonces... y acariciando con una mano tus deditos entrelazados que cercaban mi cintura conducía la moto hacía ninguna parte.

Hoy simplemente observo la vida pasar, el miedo paraliza mis intenciones de acabar con esto, soy indulgente a todo lo que nos sucede de una manera hiriente, soy cobarde y despreciable, torpe... ¿Era justo entonces huir? ¿Es éste el único consuelo que encuentra el guerrero después de una batalla perdida? ¿Recompensará está búsqueda de la supervivencia de manera tan ruín?

Solté el pomo de la puerta silenciosamente y despegue mis manos de la misma. Comencé caminando despacio mirando al frente mientras cabilaba en todo lo anteriormente expuesto, quizás con el único trasfondo de encontrar cualquier excusa que me hiciera dar la vuelta y meterme de nuevo en la cama, volver a pegar mi espalda a la tuya como en todas las últimas noches en las que decidimos sin darnos mas explicaciones que era la única forma en la que podiamos conciliar algo de sueño.

El caso es que caminé y caminé sin retorno, Aceleré el paso resignado, entendí que de alguna manera no  había forma de entrar de nuevo en esta vida. La puerta la abrimos y cerramos siempre sin llaves, desde un principio supimos que no hacia falta cerrojos, ¿porque me costaba tanto entrar de nuevo?
Enfilaba el sendero tembloroso, ansioso, con mi pulso ya bastante acelerado eche a correr alimentado por una rabia que me ardía en el rostro, el camino era largo y abrupto,  a cada lado del sendero crecía desordenado el follaje y la oscuridad del lugar hacia mas dificil la huida. Extasiado por el esfuerzo de la carrera que empezaba a pesar más en mi cabeza que en las piernas decidi pararme en seco. Tras un breve reposo apreté los puños y eche a andar llorando desconsolado como un niño perdido, cuando logré serenarme y secar mis lágrimas en las mangas de mi abrigo, apoyé la mano derecha en la pesada puerta de madera y con la izquierda suavemente gire el pomo. 

Sin hacer apenas ruido entre a oscuras en la habitación, casi andaba de puntillas mientras me iba despojando de la ropa. A tientas rozaba la pared para guiarme hasta la mesita de noche. Al fin logré llegar hasta la cama, nervioso como estaba no conseguía oir ni tan siquiera tu respiración, pero por un momento me sentí aliviado, agradecido de tenerte nuevamente a dos excasos metros.
Que contradicciónes tiene la vida me dio tiempo a pensar, siempre con dos caras en un vaivén constante que nos azota sin piedad, es como una gran bisagra que dirige de un lado a otro nuestras voluntades...

Fuí sentándome muy despacio. Si en un mal controlado movimiento te despertabas apenas tendrías tiempo de averiguar que había pasado.
El silencio desde que entré a la casa empezó ya a parecerme angustioso, cuando la oscuridad del cuarto dio tregua a mis pupilas conseguí adivinar que no estabas en la habitación, al encender la luz aterrorizado, una larga carta escrita a doble cara y con tu letra descansaba ya sobre mi almohada...

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