El Prado

¿Recuerdas aquella tarde que paseábamos por el prado?, Por la vega circundate al cortijo del tío Ernesto donde más abajo las aguas del rio surcaban mansamente toda la dehesa... Caminabamos con las zapatillas en la mano, bueno, en la mano las llevaba yo porque tú no quisiste descalzarte ni complacer mis cursilerías. Fue ese mismo día cuando tropecé con ese maldito risco semienterrado y me hice trizas la planta del pie, claro que no culpo a la roca, seguramente llevaba allí desde la era glacial, era yo quien debería llevar calzado adecuado para andar por el campo, pero me puse tan romántica cuando vi todo ese verde que se extendía ante mis ojos… y todas las flores nuevas con tantos colores…, amapolas sobre todo amapolas, y… ¿Eran manzanillas aquellas que me prohibiste arrancar? No lo recuerdo bien.
- ¡ Mira!, Allá está el río, vamos a lavar ese piececito, antes de que te se infecte tonta.
- se te …apostillé yo.
- ¿Cómo?
- Nada, nada… olvídalo.
Recuerdo que del dolor que sentí solté un par de impotentes lagrimas. Pero, no… no me dolía el pie, me dolió que me llamases tonta, me dolía haber quedado como una idiota ante mi más estúpido capricho, me dolía tu risa despreocupada, me dolía lo que estarías pensando ante esta chica de ciudad, me dolía mi sentido del ridículo y… bueno si, me dolía también el pie, ¡coño!
- A ver…se te habrá daleado, nada más
- Ladeado. Añadí quisquillosa.
- Vaya hombre con la universitaria, anda espera aquí. Refunfuñaste por esa boca grande y áspera, de labios agrietados y vírgenes, carnosos, esponjosos, rojos, ¡si… eso!, rojos, como las amapolas...
Al cabo de unos instantes apareciste con un ramillete de flor de algodón y arrancaste el fruto blanco de la blanca flor para taponarme una pequeña pero molesta herida sangrante. Recuerdo que me sorprendió bastante aquella solución botánica-sanitaria tan agreste pero a la vez tan familiar.
Arrodillado ante mi, reparaba en lo oscuro que tienes el pelo, lo morena que es tu piel, observaba tu prominente barbilla, tus mejillas tan femeninas, tu nariz aplastada de boxeador, tus ojos verdes como este prado que tanto me estaba doliendo.
- Acaba pronto. Te urgí... Notaba que me ponía nerviosa tu forma de mirarme mientras molesta por el corte aguantaba cualquier mueca de dolor, pero mas nerviosa aun me ponía aquella sonrisa tuya que decía “te lo advertí ” ...
Recuerdo cuando nos sentamos a tomar ese sol tan amarillo, si, ese sol era amarillo, como los botones de tu camisa que apenas aguantaban tu pecho ancho y lampiño. Comentabas algo sobre tu existencial y provechosa vida en la granja, yo me sorprendí absorta en aquel insecto que subía entretenido por tu antebrazo y que se topó con tu camisa remangada hasta ese codo cicatrizado, cicatrizado como pronto lo estaría mi pie. Fue cuando caí en la cuenta de que apenas sentía el dichoso corte ni la torcedura de mi tobillo.
- ¿Primo cuál es el que está cantando ahora? Te pregunte.
- Ese es el canto de la abubilla
- ¿La abubilla no era la de antes?
- Nooo… el de antes era el abejaruco
La verdad es que siempre me sorprendes con toda esa banda sonora natural que tu memoria es capaz de asimilar, claro que tal vez sea por tener ese par de radares tan graciosos a modo de orejones y que de pequeña me servirían para llamarte Pepe Soplillo, ¿ Verdad ?, de todas formas ahora que las miro bien, tampoco son tan grandes…digamos que…acorde con tu espalda extensa, tu cintura robusta, tus brazos fuertes... Eres tan diferente de los chicos que se sientan a mi lado en la facultad …, tan enclenques, tan pálidos, tan…¿urbanos?, excepto Sergio que es carne de gimnasio desde hace años y claro, eso se nota, no hay más que verlo. Me sonrío ahora cuando mis depravados pensamientos me recuerdan como Alicia, Maica y yo cuchicheábamos sobre su prieto y bien colocado trasero, ¡Qué culo!
Salí de mi ensimismamiento cuando decidiste quedarte en bañador y correr hacia la orilla del río.
- Venga mujer si no tienes ná. Gritabas.
- Ya se que no tengo NÁ. Vocee imitándote...
En realidad mi único deseo era pasear por el prado , llegar al arroyo como en los viejos tiempos, sentarnos, charlar sobre nuestras vidas tan distintas, tan distantes últimamente… acercarlas un poco...
El cuerpo de Sergio reapareció en mi mente cuando te observaba acercándote desde la orilla. Me hizo gracia volver a ver ese lunar tan grande que te acompaña en la rodilla, eso si, algo escondido por el músculo desarrollado, igual que las piernas de… ¿Sergio? ¿Sergio tiene esas piernas?
Al estar frente a mi tapándome el sol, acerté con ese pendiente tan feo que te había hecho en el pezón izquierdo
- ¿Y eso? Bah, no te pega nada. Te dije.
- Qué sabrás tu pecosa. Me llamaste.
- Cállate orejón.
- Fea
- Cabezón.
-Niñata ...
Aquella tarde el tiempo pasó rápido, tú tenías que afanarte todavía en las tareas del cortijo antes de que atardeciese y yo debía de dar un repaso a los apuntes de “Historia del Patrimonio de…no se qué mas.” Recuerdo que mientras subíamos la ladera advertiste la piedra con la que tropecé y me la señalaste alegre, justo era el momento en el que el color amarillo de los botones de tu camisa se tornaban anaranjados con la caída del sol, entonces estúpidamente desea tropezar nuevamente, entonces tontamente entendí que el verde no estaba en el prado sino en tus ojos, cuando comprendí lo de las impotentes lágrimas…, cuando supe que la cicatriz no estaba en mi pie sino en mi pecho desde hace tiempo… Aquella ñoñería de… “acercar nuestras vidas …” fue en ese momento cuando comprendí mi nerviosismo ante tu mirada sonriente…, lo de las flores y el caminar descalzos... fue entonces cuando te agarré por el brazo de aquel codo cicatrizado, cuando te giré, cuando te besé eternamente... cuando mordí aquellos labios esponjosos, tiernos y rojos, quizás como las amapolas...
De toda esta historia ha pasado ya más de año y medio y todavía hoy me sigue doliendo el pie, el tobillo, el prado…
07/02/05
David Temblador Jaén


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